"Puede uno amar sin ser feliz; puede uno ser feliz sin amar; pero amar y ser feliz es algo prodigioso." Honoré de Balzac


sábado, 7 de abril de 2012

No te olvides de volver




Durante los 8 Días de Oro del Corte Inglés se regala una colección de relatos "La mirada del amor" por la compra de dos novelas románticas. Uno de esos relatos es "No te olvides de volver" la historia de amor de los padres de Josuf Benali, el protagonista de Pasión Bereber.



El relato comienza así...





Valladolid, septiembre de 1554


La marquesa de Gálvez acababa de irrumpir, luminosa y vital, como una mariposa en el despacho de doña Juana de Austria. La princesa, que en esos momentos escribía una carta a su hermano Felipe, dejó su pluma sobre la mesa adusta de nogal que presidía su despacho y, afable, invitó a sentarse a su dama de compañía favorita.
—¡Buenos días, princesa! —saludó Blanca Martínez de Albéniz, marquesa de Gálvez, haciendo una reverencia.
—Tengo asuntos muy importantes que tratar contigo, Blanca…
La princesa, sobria y elegante como siempre con su sayo alto de seda negra, sin escote, sobre el cuerpo y el verdugado, y una toca de crespón blanco que terminaba en punta, miró con seriedad a la marquesa.
—¿Qué clase de asuntos, señora? —preguntó con cierta preocupación la marquesa, que llevaba un alegre vestido de terciopelo azul con atavíos de raso amarillos y pequeñas formas de brocado en oro que contrastaban con el rigor del atuendo de la princesa.
Eran tan diferentes. La una parecía demorar el tiempo gracias a su serenidad y discreción, y la otra acelerarlo con su gracia y espontaneidad. Y, sin embargo, ambas energías unidas conferían un encanto especial a la desabrida estancia de paredes blancas con zócalos de azulejos de Talavera, puertas de marquetería y una triste decoración conformada por una gran mesa de nogal con patas terminadas en garra de león, dos muebles de gabinete, una cómoda antiquísima, un arca de taracea, una espineta, dos retratos de los reyes y unas cuantas sillas fraileras de respaldo alto y asiento cuadrado.
—Asuntos de Estado —respondió con rotundidad la princesa. Sabía que estaba a punto de pedirle a su querida amiga que hiciera una terrible renuncia, pero como ella bien tenía aprendido desde la cuna: el cumplimiento del deber estaba por encima de los afectos—. Te necesito para una importantísima misión…
—Sabéis que estoy al servicio de la Corona. Podéis contar conmigo para lo que queráis.
—Para todo lo que quiera… ¿estás segura, marquesa? —Los ojos grandes y azules de la princesa parecían más graves que nunca.
—Soy vuestra leal servidora. —Blanca hizo una inclinación de cabeza.
—Ya lo sé, mi querida Blanca —dijo la princesa tendiendo la mano que la marquesa le estrechó—, pero esto que te voy a pedir sé que es un tremendo sacrificio para ti.
—Estoy preparada para todo, señora. Sabéis que mi vida no ha sido fácil. Soy una mujer fuerte; sabré estar a la altura.
—Me temo que esto que te voy proponer va a ser más duro que el encierro al que te sometió tu madre… —El cabello rubio de doña Juana parecía más dorado que nunca a la luz de los rayos de septiembre que se filtraban por la ventana de su despacho. Era una mujer bella, no de una belleza sublime, como lo era su madre la emperatriz Isabel, cuyo retrato presidía el despacho, pero sí una belleza delicada y armoniosa con su tez blanca, su amplia frente, sus ojos garzos, su boca dulce y su porte majestuoso.
—Gracias a mi madre soy una mujer a la que ya nada podrá quebrar…
Cayetana de Rojas, condesa de Ambite, la madre de Blanca, había intentado arrebatarle hacía años parte de la herencia de su recién fallecido padre en beneficio de su único hermano Melchor. Blanca, que tan solo tenía trece años, se rebeló contra su madre y esta la castigó, la encerró en su palacio y la privó de todo hasta que gracias a la intermediación del emperador pudo refugiarse en el convento de monjas dominicas de San Pedro. Poco después Cayetana enfermó. Su hija quiso cuidarla pero la condesa no solo se negó sino que tampoco quiso verla cuando faltaban apenas unas horas para que expirase. Al final le dejó cien mil maravedises para alimentos y el resto de su fortuna pasó a manos de Melchor. Fue precisamente en el entierro de la condesa donde la princesa doña Juana le propuso a Blanca convertirse en su dama de compañía, labor que venía desempeñando desde entonces…
—Tendrías que abandonar la corte…
—¡Eso es fantástico! ¡Sabéis que deseo conocer las Indias! —exclamó entusiasmada echando hacia atrás las mangas con aberturas de su vestido por las que sacaba los brazos.
—No son las Indias.
—¿Flandes?
La princesa negó con la cabeza y luego añadió muy seria:
—La Berbería.
—¿La Berbería? —preguntó Blanca frunciendo el ceño—. ¿Y cuál es mi misión? ¿Ayudar a los redentores[1] de la Merced y de la Trinidad con el rescate de cautivos? —Blanca estaba tan ansiosa por experimentar nuevas emociones y aventuras que aunque su destino no fuera tan lejano como las Indias, la Berbería empezó a parecerle de lo más interesante.
—Casarte —replicó la princesa conteniendo la respiración.
—Pero ¿vos sabéis que yo no quiero casarme?
De repente todas las ilusiones de la princesa estallaron como una pompa de jabón en el aire...


[1] Los redentores eran religiosos de las órdenes de la Merced y la Trinidad, que rescataban cristianos cautivos de los sarracenos. 

© Gema Samaro, No te olvides de volver, en La mirada del amor.

2 comentarios:

  1. Espero conseguir pronto el libro. Mañana mismo me escapo a ver si aún quedan. Tu relato me ha dejado intrigada. Ya te había dicho que ese periodo de la Historia me encanta. Lydia Leyte

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  2. ¡También estás por aquí! No conocía tu blog, así que por aquí me quedo.

    No olvides que en septiembre tenemos una cita importante junto a Rebeca Rus. :D

    Un besito.

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